“Vivimos con miedo”: en el Congo, los médicos enfrentan el ébola con poca protección
En los centros sanitarios situados en el epicentro del brote de ébola, en la República Democrática del Congo, se están viviendo escenas desgarradoras.
Una partera de 25 años y un doctor de poco más de 30 están enfermos con síntomas de ébola como fiebre y dolor intenso en las articulaciones, contó su colega Elisabeth Furaha, directora médica del , una organización de protección de las mujeres, en la provincia nororiental de Ituri.
Habían atendido a pacientes con síntomas similares a principios de mayo, antes de que se detectara el brote. Uno de esos pacientes ya murió, dijo Furaha, y ninguno ha sido sometido a un análisis para detectar ébola, aunque se tomaron muestras. El hospital todavía no dispone de pruebas ni tiene acceso a un suministro adecuado de batas de protección ni mascarillas plásticas para mantener seguros a médicos y enfermeras.
“Vivimos con miedo en el estómago”, confesó Furaha en francés. “Cada día mueren trabajadores de la salud y pacientes”.
El brote tomó al mundo por sorpresa. Cuando se confirmó la presencia de la enfermedad en el Congo ya había casi 250 casos sospechosos de ébola y 80 muertes. Preocupado por la magnitud de la transmisión silenciosa y por los casos en la vecina Uganda, el director de la Organización Mundial de la Salud (OMS) emitió el nivel más alto de alerta del organismo el 17 de mayo, al declarar el brote una “emergencia de salud pública de importancia internacional”. Esto desencadenó donaciones de todo el mundo, del Departamento de Estado de EE.UU. para “detener el brote en su origen y garantizar que el ébola no llegue a Estados Unidos”.
Pero, a pesar de la atención internacional, médicos que trabajan en el noreste del Congo dicen que muchas clínicas carecen de suministros básicos: guantes, batas de protección, mascarillas, pruebas de ébola e incluso agua limpia. Sin una acción rápida para reforzar a quienes están en la primera línea, alertaron los investigadores, el brote crecerá de forma exponencial, costará aún más dinero y pondrá en riesgo vidas mucho más allá del Congo.
“Todas las señales apuntan a que éste será el mayor brote de ébola que hemos visto en la República Democrática del Congo”, dijo Nahid Bhadelia, directora del Centro de Enfermedades Infecciosas Emergentes de la Universidad de Boston. “Esa situación podría generar inestabilidad regional, y eso tiene repercusiones para el mundo”.
Algunos suministros del Ministerio de Salud congoleño, la OMS y otras agencias de las Naciones Unidas han llegado al noreste del país, pero ni de cerca son suficientes para abastecer los cientos de centros de salud donde podrían buscar atención pacientes con ébola. Furaha ha gastado dinero de su propio bolsillo en guantes, mascarillas y una lona para construir una tienda improvisada donde aislar a pacientes con síntomas de ébola del resto del hospital. Pero dijo que es “inhumano” colocarlos allí antes de conseguir colchones para que descansen o acceso confiable a pruebas de detección.

Sin pruebas, los pacientes que realmente tienen ébola pueden contagiar a quienes no lo tienen. La malaria y otras enfermedades presentan síntomas iniciales similares al ébola, como fiebre, dolores corporales y problemas gastrointestinales.
Trabajadores humanitarios dicen que los envíos de suministros médicos se han retrasado por obstáculos logísticos, como la suspensión de vuelos dentro del Congo y entre el Congo y países vecinos.
“Necesitamos vuelos para trasladar muchas cosas, así que este es un gran desafío”, dijo Chikwe Ihekweazu, director ejecutivo del Programa de Emergencias Sanitarias de la OMS. Si bien se ha permitido operar a pequeños aviones utilizados en crisis humanitarias, Ihekweazu señaló que son insuficientes, costosos e imposibles de sostener a largo plazo.
Desplazarse entre clínicas remotas puede ser una tarea imposible porque las carreteras suelen estar muy deterioradas o bloqueadas por grupos armados, dijo Rafaramalala Volanarisoa, médica de Catholic Relief Services en Kinshasa, la capital del Congo. El conflicto, sumado al retiro repentino de fondos de la administración Trump a la Agencia de EE.UU. para el Desarrollo Internacional (USAID), ha vuelto más disfuncional el ya debilitado sistema de salud del Congo, afirmó Volanarisoa.
“Es muy peligroso”, explicó. “No hay medicamentos ni equipos ni vigilancia epidemiológica”.
Laboratorio en ruinas
Investigadores del Instituto Nacional de Investigación Biomédica del Congo habían construido un sofisticado laboratorio de biología molecular destinado al monitoreo de la enfermedad en Goma, el centro económico del este del país. Pero el laboratorio dejó de funcionar el año pasado después de que , respaldado por Ruanda, tomara violentamente el y , frenando el flujo de ayuda internacional.
Otras ciudades de Congo carecen de laboratorios de biología molecular bien equipados, por lo que dependen de pruebas simples, automatizadas, que solo detectan un tipo de virus del ébola, explicó Eddy Kinganda-Lusamaki, microbiólogo del instituto. Las deficiencias de estas pruebas quedaron en evidencia cuando las primeras muestras analizadas a principios de mayo dieron negativo para ébola. Los médicos seguían preocupados, así que recogieron más muestras, las colocaron en una nevera portátil y las enviaron al laboratorio principal del instituto, en Kinshasa.
Las muestras tardaron seis días en llegar, tras un viaje por carreteras en mal estado y habiendo pasado por distintas instalaciones de almacenamiento, contó Kinganda-Lusamaki. Muchas ya estaban degradadas cuando llegaron al instituto, el 14 de mayo. Aun así, los investigadores identificaron una variante poco común de ébola causada por el virus Bundibugyo, con una tasa de mortalidad de hasta 50% y para la cual no existen vacunas ni medicamentos. Alertaron a las autoridades.

Después, los investigadores rastrearon los primeros casos confirmados hasta varias muertes por causas desconocidas en una ciudad minera de oro, en Ituri. La sugiere que el ébola ya se estaba propagando allí desde marzo, y que tres voluntarios de la organización murieron por causas desconocidas después de enterrar cuerpos como parte de su trabajo humanitario.
Hasta el 3 de junio, se habían confirmado 363 casos de ébola y 62 muertes en el país, según el . Los recuentos de casos sospechosos han variado drásticamente, reflejando las deficiencias en el monitoreo de la enfermedad.
Los investigadores del instituto biomédico quieren mejorar urgentemente los laboratorios en el este del Congo para que puedan realizar pruebas de la variante Bundibugyo.
“Necesitamos apoyo para el personal local, capacitación, equipos, insumos y combustible para autos y generadores de respaldo”, insistió Kinganda-Lusamaki. También le preocupa que los costosos equipos de laboratorio puedan ser robados o destruidos por milicias itinerantes si continúa la guerra en el este. “Mis hermanos y hermanas están muriendo”, señaló.
El conflicto favorece la propagación
La violencia facilita la propagación del ébola de otras maneras. Mientras el brote se expandía silenciosamente en Ituri a finales de abril, atrapadas en el fuego cruzado entre grupos armados huyeron, posiblemente llevando el virus consigo. Al sur de Ituri, Maurice Kakule Mutsunga, médico en un gran hospital general, dijo que ha visto un aumento de personas por miembros de las Fuerzas Democráticas Aliadas (ADF), un vinculado al Estado Islámico.
“Todos los días de esta semana hemos recibido pacientes masacrados por las ADF”, afirmó Kakule Mutsunga en francés, y añadió que algunos cuerpos llevados al hospital habían sido decapitados con machetes.
Las personas desplazadas por los ataques viven en condiciones de hacinamiento que ofrecen el entorno perfecto para un virus que se transmite por contacto. Una persona enferma de ébola, o que acaba de morir por la enfermedad, expulsa sudor, sangre y otros líquidos cargados con el virus.
Los ataques impredecibles también han impedido que los trabajadores de la salud localicen a personas posiblemente infectadas en aldeas remotas para ofrecerles atención y evitar que contagien a otros, dijo Kakule Mutsunga. Menos de una cuarta parte de los contactos identificados por los equipos de respuesta al ébola habían sido monitoreados para detectar signos de infección, informó la OMS el 21 de mayo.
El rastreo de contactos y el aislamiento —las bases de una respuesta contra el ébola— también se ven afectados por la lentitud en la obtención de los resultados de las pruebas. Kakule Mutsunga dijo que las muestras de su hospital en la ciudad de Oicha son enviadas a Kinshasa en vuelos humanitarios que despegan solo cuando alcanzan su capacidad máxima. Muchos pacientes no pueden o no quieren aislarse durante una semana mientras esperan los resultados, por lo que podrían transmitir el virus mortal a las personas más cercanas.

El investigador congoleño Gang Karume dijo que la información científica sobre el ébola no está llegando a muchas comunidades, en parte debido a las enormes dificultades de la vida cotidiana. Además de los años de conflicto, más de 220.000 niños pequeños sufren en las provincias donde se propaga el ébola. No le sorprendió enterarse de que jóvenes enfurecidos han incendiado centros de tratamiento del ébola y robado cadáveres de morgues.
“Un estómago vacío no tiene oídos para escuchar”, aseguró.
Para llegar a la población, la está recurriendo a su red de unos 250 sacerdotes en Ituri.
“Están profundamente arraigados”, dijo Volanarisoa, de Catholic Relief Services, organización que trabaja en colaboración con Caritas. “Saben cómo acercarse a comunidades que se niegan a buscar tratamiento”.
A través de esta red, Volanarisoa y sus colegas han logrado comunicarse con trabajadores de la salud que buscan asesoramiento médico y equipos de protección. Gracias a donaciones privadas, las organizaciones católicas han transferido dinero a sacerdotes en el noreste, quienes organizan el transporte de efectivo y suministros a clínicas mediante vehículos todoterreno.
“Lo que hemos proporcionado solo durará unas pocas semanas”, dijo Volanarisoa. “La necesidad es realmente inmensa”.
Otro factor que agrava la situación es que Estados Unidos participa mucho menos que en el pasado, señalaron trabajadores humanitarios. La administración Trump abandonó la OMS, eliminó USAID y redujo el tamaño de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC).
“Estados Unidos ya no es el actor que solía ser”, dijo Jeremy Konyndyk, exfuncionario de USAID que dirigió la respuesta de la agencia al mayor brote de ébola del mundo, ocurrido en África Occidental entre 2013 y 2016. “Solíamos tener una reserva de equipos para responder al ébola que podíamos cargar en un avión y enviar donde hiciera falta”, recordó.
Estados Unidos solía aportar cientos de millones de dólares a la OMS y a organizaciones no gubernamentales con experiencia en el combate de brotes. Bajo el presidente Donald Trump, el Departamento de Estado anunció que entregará $350 millones a un fondo común administrado por la Oficina de las Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA), que luego distribuirá los recursos entre organizaciones de ayuda.
“Esto añade más trámites”, explicó Konyndyk. “Las organizaciones que están listas para actuar ahora no tienen la certeza de que recibirán dinero, así que quedaron prácticamente paralizadas”.
La ayuda puede tardar semanas en llegar a la primera línea. Durante el brote de África Occidental, pasaron más de dos meses entre la declaración de emergencia internacional de la OMS y la llegada de ayuda significativa. En ese periodo, el número de muertes por ébola se multiplicó por más de cuatro. Enfermeras, doctores y personal de ambulancia .
Los trabajadores de primera línea en el Congo enfrentan un destino similar si la ayuda no llega pronto. Furaha contó que su hospital se está quedando sin agua potable.
“Todo esto se acumula”, dijo. “Los trabajadores de la salud llegarán a un punto de quiebre”.
Chloé Fostier Hernández ayudó a traducir entrevistas para este reportaje.