“Estoy indignada. La falta de consideración hacia los demás, para mí, es demasiado”, dijo White, de 30 años, que vive en Los Angeles. Padece esclerosis múltiple y toma un medicamento que suprime su sistema inmunitario. “Como persona negra discapacitada, siento que a nadie le importa mi seguridad”.
Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) tienen una definición estricta de quiénes se consideran , como los pacientes con cáncer en tratamiento activo y los receptores de trasplantes de órganos. Además, hay millones de personas que viven con que también les hacen especialmente susceptibles a la enfermedad. Aunque la vulnerabilidad difiere según cada persona y su estado de salud —y puede depender de las circunstancias—, contraer covid es un riesgo que no pueden correr.
Por ello, estos estadounidenses de alto riesgo —y sus seres queridos que temen contagiarles el virus— denuncian que se les ignora mientras el resto de la sociedad abandona las medidas de protección contra la pandemia, como el uso de la máscara y la distancia física.
Sus temores aumentaron este mes cuando varios , entre ellos los líderes de California y Nueva York —lugares que estuvieron a la vanguardia en la implementación de los mandatos de máscaras desde el principio— indicaron el fin de tales requisitos de seguridad. Para muchos, esta medida significaba la vuelta a la vida “normal”. Pero aumentó el nivel de ansiedad para las personas consideradas inmunodeprimidas, o para quienes covid representa un alto riesgo debido a otras afecciones.
“Sé que mi vida normal nunca va a ser normal”, expresó Chris Neblett, de 44 años, natural de Indiana, Pennsylvania, quien vive con un riñón trasplantado y toma medicamentos inmunosupresores para evitar que su cuerpo rechace el órgano. “Seguiré llevando una máscara en público. Probablemente seguiré yendo al supermercado a última hora de la noche o a primera hora de la mañana para evitar a otras personas”.
Está especialmente preocupado porque su esposa y su hija pequeña han dado positivo para covid.
Aunque está totalmente vacunado, no está seguro de estar protegido de los peores efectos del virus. Neblett participa en en el que se hace un seguimiento de la respuesta inmunitaria de los receptores de trasplantes a la vacuna, por lo que sabe que su cuerpo solo produjo una baja cantidad de anticuerpos después de la tercera dosis y está esperando los resultados de la cuarta. Por ahora, se ha aislado de su esposa y sus dos hijos, durante 10 días, su segunda vez en el garage.
“Le dije a mi mujer cuando apareció covid por primera vez: ‘Tengo que sobrevivir hasta que llegue la vacuna'”, contó. Pero enterarse de que la vacuna no ha desencadenado una respuesta adecuada de su sistema inmunitario, hasta el momento, es descorazonador. “Tu mundo cambia por completo. Empiezas a preguntarte: ‘¿Voy a ser una estadística? ¿Voy a ser un número para la gente a la que no parece importarle?”.
Los científicos calculan que casi el cumplen la definición estricta de tener el sistema inmunitario debilitado, pero los investigadores reconocen que muchos más enfermos crónicos y discapacitados podrían verse gravemente afectados si contraen covid.
En el verano de 2021, las pruebas científicas indicaban que las personas inmunodeprimidas probablemente se beneficiarían de una tercera vacuna, pero las agencias federales tardaron en actualizar sus orientaciones. Incluso entonces, solo ciertos grupos de inmunodeprimidos fueron elegibles, dejando a otros fuera.
En octubre, los CDC volvieron a revisar discretamente sus directrices sobre la vacuna para permitir que las personas con sistemas inmunes débiles recibieran una cuarta dosis contra covid. Pero un artículo reciente de KHN reveló que, en enero, los farmacéuticos que desconocían este cambio seguían rechazando a personas elegibles.
Las personas con sistemas inmunitarios debilitados, o con otras condiciones de alto riesgo, argumentan que este es el momento de fortalecer las políticas que protegen a los estadounidenses vulnerables como ellos, ahora que omicron está bajando.
“La pandemia no ha terminado”, señaló , especialista en discapacidad y atención médica para , quien sufre una enfermedad crónica y es inmunodeprimido. “No hay razón para creer que no vaya a surgir otra variante. Ahora es el momento, cuando esta ola de omicron empieza a retroceder, de buscar políticas e intervenciones que protejan a los enfermos crónicos, discapacitados e inmunodeprimidos para que no nos quedemos atrás”.
Varias personas entrevistadas por KHN, que forman parte de esta comunidad, afirmaron que, en cambio, está ocurriendo lo contrario, y señalaron un comentario de enero de la doctora Rochelle Walensky, directora de los CDC, en el que se sugería como una “noticia alentadora” el hecho de que la mayoría de las personas que morían de covid ya estaban enfermas.
“La inmensa mayoría de las muertes, más del 75%, se produjeron en personas que tenían al menos cuatro comorbilidades [cuando una persona padece varios trastornos], por lo que realmente se trata de personas que ya estaban enfermas”, aseguró Walensky, al hablar de un estudio durante que mostraba el nivel de protección que tenían las personas vacunadas contra la enfermedad grave de covid. “Y sí, una noticia realmente alentadora en el contexto de omicron”.
Aunque los que las declaraciones de Walensky se habían sacado de contexto, Kendall Ciesemier, una productora multimedia de 29 años que vive en Brooklyn, Nueva York, dijo que le habían molestado esos comentarios.
Las declaraciones de Walensky “provocaron una gran conmoción en la comunidad de discapacitados y de enfermos crónicos”, expresó Ciesemier, que ha sido sometida a dos trasplantes de hígado. “Surgió de la sensación de que estas comunidades no han sido priorizadas durante la pandemia y nos hacen sentir como si nuestras vidas fueran pérdidas aceptables”.
Cuando un reportero de KHN le preguntó, en la , qué les diría a las personas que sienten que se les está dejando atrás, Walensky no ofreció una respuesta clara.
“Por supuesto, tenemos que hacer recomendaciones que sean relevantes tanto para la ciudad de Nueva York, como para el rural de Montana”, dijo, y añadió que tienen que ser “relevantes para el público, pero también para el público inmunodeprimido y discapacitado. Y por ello, todas esas consideraciones se tienen en cuenta cuando trabajamos en nuestras directrices”.
Aunque los que las personas vacunadas sigan utilizando máscaras en interiores, si se encuentran en un lugar con una transmisión elevada o importante de covid —lo que —, los funcionarios federales han indicado que esta recomendación podría actualizarse pronto.
“Queremos que la gente pueda dejar de usar las máscaras, cuando los indicadores mejoran, y luego tener la capacidad de recurrir a ellas de nuevo en caso de que las cosas empeoren”, señaló Walensky durante una celebrada el 16 de febrero en la Casa Blanca, al hablar sobre si las políticas de prevención de los CDC se modificarían pronto.
Pero abandonar las máscaras no es algo que se plantee Dennis Boen, un jubilado de 67 años que ha tenido tres trasplantes de riñón. Desde que su comunidad de Wooster, Ohio, dio por finalizada la obligatoriedad del uso del cubrebocas, y pocos residentes lo llevan, no se siente cómodo para asistir a muchos de los eventos sociales de los que disfrutaba.
“Dejé de ir a mi Club Rotario del que he formado parte durante décadas”, contó Boen. “Fui una vez en verano a un picnic al aire libre y fue como si las personas no creyeran [en covid] o no les importara no llevar máscaras y sentí que no me daban espacio”.
Charis Hill, una activista de 35 años que vive en Sacramento, California, ha pospuesto dos operaciones, una histerectomía y una reparación de hernia umbilical durante más de un año porque no se sentía segura. El retraso ha supuesto que Hill tenga que tomar medicamentos adicionales y comer solo ciertos alimentos. Las cirugías están programadas para el 21 de marzo, pero como el mandato de la máscara en California se ha terminado, Hill está pensando en retrasarlas de nuevo.
“Me siento desechable. Como si mi vida no tuviera valor”, dijo Hill, que vive con espondiloartritis axial, una enfermedad inflamatoria crónica, y toma medicamentos inmunosupresores. “Estoy harta de que me digan constantemente que debería quedarme en casa y dejar que el resto del mundo siga adelante”.
ºÚÁϳԹÏÍø News is a national newsroom that produces in-depth journalism about health issues and is one of the core operating programs at KFF—an independent source of health policy research, polling, and journalism. Learn more about .This <a target="_blank" href="/es/noticias-en-espanol/para-las-personas-con-sistemas-inmunes-fragiles-no-hay-retorno-a-la-normalidad/">article</a> first appeared on <a target="_blank" href="">KFF Health News</a> and is republished here under a <a target="_blank" href=" Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International License</a>.<img src="/wp-content/uploads/sites/8/2023/04/kffhealthnews-icon.png?w=150" style="width:1em;height:1em;margin-left:10px;">
<img id="republication-tracker-tool-source" src="/?republication-pixel=true&post=1451630&ga4=G-J74WWTKFM0" style="width:1px;height:1px;">]]>La mujer dijo en español: “¡Buenos días! ¡Hoy estamos aquí para hablar sobre covid-19! ¿Tienes un minuto?.
Después de una breve conversación, García supo que el hombre no tenía conexión a Internet ni teléfono propio, pero tenía 66 años y quería recibir la vacuna. Había ido a una farmacia en persona, pero ya no había dosis por ese día.
García anotó su nombre y el número de teléfono de un amigo, para poder comunicarse con el conductor más tarde sobre una clínica móvil de vacunas que El Sol Neighborhood Educational Center, estaba organizando para la remota y desértica ciudad, en algún momento de abril.
Luego pasó al siguiente coche. Y al siguiente. Cuando la fila comenzó a moverse, ella y su compañera, la trabajadora de salud Erika Marroquín, corrieron arriba y abajo por la acera, anotando nombres, números de teléfono y condiciones preexistentes. Era el primer día templado y soleado que la región del High Desert había visto en semanas, y el ejercicio las hacía sudar.

Después de 90 minutos, se terminó el banco de alimentos del día, y García y Marroquín habían hablado con personas en 54 autos. Encontraron a seis ansiosas por la vacuna covid y elegibles de inmediato. Otras 10 querían estar en lista de espera de dosis sobrantes.
Como en muchos estados, la implementación de la vacunación en California ha sido lenta y caótica. Más de en el estado más poblado del país han sido vacunados al menos parcialmente, mientras que otros 5,6 millones están completamente vacunados.
El 15 de abril, todos los adultos de California serán elegibles para inscribirse para recibir una vacuna y, a principios del verano, el objetivo es tener suficientes dosis para cualquier adulto que la quiera.
Pero el país necesita llevar la para evitar que el virus se propague fácilmente, un nivel llamado inmunidad colectiva por los expertos en enfermedades infecciosas. Una figura que asume que la población es homogénea en términos de vacunación.
Es por eso que la capacidad del estado para evitar otro aumento de covid puede depender de personas como García y Marroquín, trabajadores de salud comunitarios que corren contra el tiempo realizando una tarea intensa, para evitar que grupos de poblaciones con bajas tasas de vacunación en comunidades remotas o aisladas se conviertan en un polvorín para una nueva oleada de covid.
“Cuando hay zonas geográficas o grupos sociales no vacunados, realmente se arruina la inmunidad colectiva”, dijo Daniel Salmon, director del Instituto para la Seguridad de las Vacunas de la Escuela de Salud Pública Bloomberg de la Universidad Johns Hopkins.
Los en los Estados Unidos en los últimos años proporcionan un ejemplo aleccionador. La cobertura de vacunas a nivel estatal y nacional es bastante alta, “pero luego tienes estas comunidades donde mucha gente rechaza las vacunas, aparece sarampión importado y se genera un brote”, dijo Salmon.
Los brotes han afectado a ciertas comunidades judías ortodoxas en Nueva York, inmigrantes somalíes en Minnesota, y zonas acomodadas del sur de California donde viven padres que están en contra de las vacunas.
El coronavirus que causa covid sigue circulando ampliamente en California, aunque a niveles mucho más bajos que hace dos meses. El virus, especialmente una variante cada vez más común y más contagiosa, podría atravesar fácilmente comunidades vulnerables con bajos niveles de inmunidad.
En Adelanto, donde el 29% de los residentes vive en la pobreza, se había vacunado por completo al 20 de marzo.
Al 26 de marzo, la mayoría de las más de 15.9 millones de dosis de vacunas distribuidas desde diciembre se habían destinado a los lugares .

Las organizaciones comunitarias sin fines de lucro y las iglesias están clamando por más fondos, y confianza, para llevar la vacuna hasta la última milla, a las personas a las que han estado sirviendo durante años.
El éxito de El Sol en vacunar a las poblaciones negras, latinas y otras poblaciones subrepresentadas desacredita la idea de que estos grupos no recibirán la vacuna, dijo Juan Carlos Belliard, vicepresidente asistente de asociaciones comunitarias de Loma Linda University Health, en el condado de San Bernardino.
Loma Linda está colaborando con El Sol para dotar de personal y proporcionar dosis para las clínicas. Las personas que se presentan están listas para recibir la vacuna, aunque algunas dudan un poco, comentó.
“No son como nuestra gente de clase media que literalmente está llorando por la vacuna”, dijo Belliard. “Estas personas todavía están nerviosas pero se han logrado remover muchas otras barreras”.

Los trabajadores comunitarios de El Sol fueron financiados por un esfuerzo combinado de $52,7 millones de fondos estatales y filantrópicos que proporcionaron subvenciones a 337 organizaciones consideradas “mensajeras de confianza” en sus comunidades.
El dinero fue enviado a grupos como El Sol que tenían antecedentes probados de caminar los vecindarios, de casa en casa, para el registro de votantes o encuestas del Censo.
El Sol recibió $120,000 de la iniciativa público-privada para apoyar sus esfuerzos educativos y de divulgación general para la vacunación contra covid. Pero el grupo no sabía si obtendría algún reembolso por los eventos móviles de vacunación que organizó en el condado de San Bernardino, dijo Alex Fajardo, su director ejecutivo.
El Sol llevó a cabo un evento de vacunación el 17 de febrero en el Centro Cristiano Luz y Esperanza, una iglesia ubicada junto a una autopista de dos carriles en Adelanto, bordeada por desierto.
El personal médico, los estudiantes y las vacunas llegaron desde Loma Linda University Health, a una hora de distancia, para vacunar a 250 personas, y regresaron un mes después para darles su segunda dosis.

Rosa Hernández, de 69 años, y Patricia Pérez, de 47, madre e hija, estuvieron entre las que recibieron sus vacunas en el Centro Cristiano.
El padre de Pérez, que trabaja en el departamento de lácteos de un supermercado, se enfermó de covid en junio y no pudo regresar al trabajo durante seis meses. Nadie más en la familia de siete miembros resultó positivo, pero Rosa Hernández es una sobreviviente de cáncer y su hija estaba preocupada por ella.
A pesar de las múltiples llamadas a una línea telefónica del condado, Pérez no había podido hacer una cita para su madre. La conexión a Internet de la familia, en la cercana ciudad de Hesperia, es irregular y Pérez no podía navegar por los sitios web ni encontrar información en español, el idioma con el que se siente más cómoda.
Aprovechó la oportunidad cuando se enteró del evento de El Sol a través de alguien de su iglesia. Pérez también logró obtener una dosis adicional para ella después de que una cita fuera cancelada. Ahora ambas están completamente vacunadas, dijo Pérez, y no hubiera sucedido sin El Sol.
El grupo planea hacer tres ventanas emergentes de vacunación más en el área de High Desert. Pero el apoyo futuro para sus clínicas, el alcance de las vacunas y la educación son inciertos, dijo Fajardo.
“¿Qué va a pasar después?”, expresó. “Cuando te necesitamos, te pagamos. Cuando no te necesitemos, adiós”.
“Esa es una evaluación muy justa”, dijo Susan Watson, directora de programas de la iniciativa Together Toward Health del Public Health Institute, el financiador filantrópico detrás de parte del trabajo de El Sol. “Aquí hay una oportunidad para que la gente piense en el futuro y en cómo hacemos las cosas, que no necesariamente deja a los grupos comunitarios fuera, a los que solo se usa cuando hay una emergencia”.

Community Coalition, una organización sin fines de lucro del sur de Los Ángeles fundada en 1990, también recibió subvenciones de la asociación público-privada para crear conciencia sobre las vacunas de covid, pero no fondos adicionales para entregar vacunas a la gente.
Aún así, movilizó al personal para tocar puertas, enviar mensajes de texto y correo electrónico a las personas elegibles para que asistieran a un evento de vacunación emergente de dos semanas en un parque del vecindario a principios de marzo: 4,487 personas recibieron su primera dosis, dijo Corey Matthews, jefe de operaciones del grupo.
El doctor Mark Ghaly, secretario de Salud y Servicios Humanos del estado, prometió proporcionar más dinero para los grupos que están vacunando a sus comunidades. “Este no es un trabajo voluntario”, le dijo a KHN en una rueda de prensa. “Este es un trabajo real, y quiero ser parte del equipo que lo hace realidad para todos”.
Barbara Ferrer, directora del Departamento de Salud Pública del condado de Los Ángeles, se hizo eco de ese sentimiento. “Estaban allí antes de que comenzara la pandemia, han estado allí todo el tiempo durante la pandemia y estarán aquí mucho después de la pandemia”, dijo.
Ya sea que esas promesas se mantengan o no, los grupos comunitarios dicen que quieren ser parte del esfuerzo de vacunación.
“Incluso si no nos dan dinero, seguiremos haciendo el trabajo”, afirmó Fajardo.
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<img id="republication-tracker-tool-source" src="/?republication-pixel=true&post=1287314&ga4=G-J74WWTKFM0" style="width:1px;height:1px;">]]>Pronto, fueron sus colegas del Hospital Universitario de Newark, enfermeras, técnicos y médicos con los que había estado trabajando codo con codo, quienes se presentaban en la emergencia luchando por respirar. “Muchos de nuestros propios compañeros de trabajo se enfermaron, especialmente al principio; literalmente diezmó a nuestro personal”, contó.
A fines de junio, 11 de los colegas de Beniquez habían muerto. Como los pacientes que habían estado tratando, la mayoría eran de raza negra y latinos (que pueden ser de cualquier raza).
“Nos vimos afectados de manera desproporcionada por la forma en que nuestras comunidades se han visto afectadas de manera desproporcionada en cada [parte de] nuestras vidas, desde las escuelas hasta los trabajos y los hogares”, dijo.
El 14 de diciembre, Beniquez se convirtió en la primera persona en Nueva Jersey en recibir la vacuna contra el coronavirus, y fue una de los muchos trabajadores médicos de color .
Fue una ocasión alegre, que reavivó la posibilidad de volver a ver a sus padres y a su abuela de 96 años, quienes viven en Puerto Rico. Pero esas imágenes transmitidas a nivel nacional también fueron un recordatorio de aquéllos para quienes la vacuna llegó demasiado tarde.
Covid-19 se ha cobrado entre los afroamericanos y los hispanounidenses. Y esas disparidades se extienden a los trabajadores médicos que los intubaron, limpiaron sus sábanas y tomaron sus manos en sus últimos días, halló una investigación de KHN/The Guardian.
Las personas de color representan aproximadamente el en los casos en los que hay datos de raza y etnia.
Un encontró que los trabajadores de salud de color tienen más del doble de probabilidades que sus contrapartes caucásicas de dar positivo para el virus. Son más propensos a tratar a pacientes diagnosticados con covid, y a trabajar en hogares de adultos mayores, los principales focos de coronavirus; y también a reportar un suministro inadecuado de equipo de protección personal, según el informe.
En una muestra nacional de 100 casos recopilados por KHN/The Guardian en los que un trabajador de salud expresó su preocupación por la insuficiencia de EPP antes de morir por covid, tres cuartas partes de las víctimas fueron identificadas como negras, hispanas, nativas americanas o asiáticas.
“Es más probable que los trabajadores de salud de raza negra quieran ir a atenderse al sector público donde saben que tratarán de manera desproporcionada a las comunidades de color”, dijo Adia Wingfield, socióloga de la Universidad de Washington en St. Louis, quien ha estudiado la desigualdad racial en el industria del cuidado de salud. “Pero también es más probable que estén en sintonía con las necesidades y desafíos particulares que puedan tener las comunidades de color”, dijo.
Wingfield agregó que muchos miembros del personal de atención médica afroamericanos no solo trabajan en centros de salud de bajos recursos, sino que también son más propensos a sufrir muchas de las mismas comorbilidades que se encuentran en la población negra en general, un legado de décadas de inequidades sistémicas.
Y pueden ser víctimas de estándares de atención más bajos, agregó la , pediatra de raza negra de 52 años de Indiana, quien fue hospitalizada con covid en noviembre y, según un , tuvo que pedir repetidamente pruebas, remdesivir y analgésicos. Dijo que su médico (caucásico) desestimó sus quejas de dolor y fue dada de alta, solo para ser internada en otro hospital 12 horas después.
Numerosos estudios han encontrado que los afroamericanos a menudo reciben peor atención médica que sus contrapartes blancas: en marzo, una empresa de biotecnología de Boston publicó un análisis que mostraba que era menos probable que los médicos remitieran a para pruebas de coronavirus que a los blancos sintomáticos.
Los médicos también son menos propensos a a pacientes negros.
“Si fuera blanca, no tendría que pasar por eso”, dijo Moore en el video publicado desde su cama de hospital. “Así es como matan a los negros, cuando los envías a casa, y no saben cómo luchar por sí mismos”. Moore por complicaciones de covid, dijo su hijo Henry Muhammad a los medios de comunicación.
Junto con las personas de color, los trabajadores de salud inmigrantes han sufrido pérdidas desproporcionadas a causa de covid-19. Más de un tercio de los trabajadores de salud que mueren por covid en el país nacieron en el extranjero, desde Filipinas y Haití, hasta Nigeria y México, según un análisis de KHN/The Guardian de casos registrados. Representan el 20% del total de trabajadores de salud de los Estados Unidos.
El doctor Ramon Tallaj, médico y presidente de Somos, una red sin fines de lucro de proveedores de atención médica en Nueva York, dijo que los médicos y enfermeras inmigrantes a menudo ven a pacientes de sus propias comunidades, y muchas comunidades inmigrantes de clase trabajadora han sido devastadas por covid.
“Nuestra comunidad son trabajadores esenciales. Tuvieron que ir a trabajar al comienzo de la pandemia, y cuando se enfermaban, iban a ver al médico de la comunidad”, dijo. Doce médicos y enfermeras de la red Somos han muerto por covid, dijo.
El doctor Eriberto Lozada era médico de familia de 83 años en Long Island, Nueva York. Todavía estaba viendo pacientes fuera de su consulta cuando los casos comenzaron a aumentar la primavera pasada. Originario de Filipinas, un país con un historial de envío de a los Estados Unidos, estaba orgulloso de ser médico y “de haber sido un inmigrante próspero”, dijo su hijo James Lozada.
Los miembros de la familia de Lozada lo recuerdan como estricto y de voluntad fuerte; lo llamaban cariñosamente “el rey”. Inculcó a sus hijos la importancia de una buena educación. Murió en abril.
Dos de sus cuatro hijos, John y James Lozada, son médicos. Ambos fueron vacunados el mes pasado. Considerando todo lo que habían pasado, dijo John, fue una ocasión “agridulce”. Pero pensó que era importante por otra razón: ser un ejemplo para sus pacientes.
Las desigualdades en las infecciones, y las muertes, por covid podrían alimentar la desconfianza en la vacuna. En un estudio reciente del , alrededor del 42% de los encuestados de raza negra dijeron que “definitivamente o probablemente” recibirían la vacuna en comparación con el 60% de la población general.
Esto tiene sentido para Patricia Gardner, enfermera nacida en Jamaica y gerenta en el Centro Médico de la Universidad de Hackensack, en Nueva Jersey, quien contrajo el coronavirus junto con familiares y colegas. “Mucho de lo que escucho es, ‘¿Cómo es que no fuimos los primeros en recibir atención, pero ahora somos los primeros en vacunarnos?’”, dijo.
Al igual que Beniquez, se vacunó el 14 de diciembre. “Para mí, dar un paso al frente y decir: ‘Quiero estar en el primer grupo’, espero que eso envíe un mensaje”, dijo.
Beniquez dijo que sintió el peso de esa responsabilidad cuando se inscribió para ser la primera persona en su estado en recibir la vacuna. Muchos de sus pacientes han expresado escepticismo, impulsado, opinó, por un sistema de salud que les ha fallado durante años.
“Recordamos los juicios de Tuskegee. Recordamos las ‘apendicectomías’ ”: informes de mujeres que fueron en un centro de detención del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Georgia. “Estas son cosas que le han sucedido a esta comunidad, a las comunidades negras y latinas durante el último siglo. Como trabajadora de salud, tengo que reconocer que sus temores son legítimos y explicarles ‘Esto no es lo mismo’”, dijo.
Beniquez dijo que su alegría y alivio por recibir la vacuna se ven atenuados por la realidad del aumento de casos en la sala de emergencias. La adrenalina que ella y sus colegas sintieron la primavera pasada se ha ido, reemplazada por la fatiga y la cautela de los meses venideros.
Su hospital colocó 11 árboles en el vestíbulo, uno por cada empleado que murió de covid; han sido adornados con recuerdos y obsequios de sus colegas.
Hay uno para Kim King-Smith, de 53 años, el amable técnico de EKG, que visitaba a amigos de amigos, o a familiares cada vez que terminaba en el hospital.
Uno para Danilo Bolima, 54, el enfermero de Filipinas que se convirtió en profesor y era el jefe de servicios de atención al paciente.
Otro para Obinna Chibueze Eke, de 42 años, asistente de enfermería nigeriano, que pidió a sus amigos y familiares que oraran cuando estuvo hospitalizado con covid.
“Cada día, recordamos a nuestros colegas y amigos caídos como los héroes que nos ayudaron a seguir adelante durante esta pandemia y más allá”, dijo el doctor Shereef Elnahal presidente y director ejecutivo del hospital, en un comunicado. “Nunca olvidaremos sus contribuciones y su pasión colectiva por esta comunidad y por los demás”.
Justo afuera del edificio, está el árbol número 12. “Será para otro u otra que perdamos en esta batalla”, dijo Beniquez.
Esta historia es parte de “Lost on the Frontline”, un proyecto en curso de The Guardian y Kaiser Health News que tiene como objetivo documentar las vidas de los trabajadores de salud de los Estados Unidos que mueren a causa de COVID-19, e investigar por qué tantos son víctimas de la enfermedad. Si tienes un colega o un ser querido que deberíamos incluir, por favor comparte su historia.
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<img id="republication-tracker-tool-source" src="/?republication-pixel=true&post=1237356&ga4=G-J74WWTKFM0" style="width:1px;height:1px;">]]>“Estoy indignada. La falta de consideración hacia los demás, para mí, es demasiado”, dijo White, de 30 años, que vive en Los Angeles. Padece esclerosis múltiple y toma un medicamento que suprime su sistema inmunitario. “Como persona negra discapacitada, siento que a nadie le importa mi seguridad”.
Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) tienen una definición estricta de quiénes se consideran , como los pacientes con cáncer en tratamiento activo y los receptores de trasplantes de órganos. Además, hay millones de personas que viven con que también les hacen especialmente susceptibles a la enfermedad. Aunque la vulnerabilidad difiere según cada persona y su estado de salud —y puede depender de las circunstancias—, contraer covid es un riesgo que no pueden correr.
Por ello, estos estadounidenses de alto riesgo —y sus seres queridos que temen contagiarles el virus— denuncian que se les ignora mientras el resto de la sociedad abandona las medidas de protección contra la pandemia, como el uso de la máscara y la distancia física.
Sus temores aumentaron este mes cuando varios , entre ellos los líderes de California y Nueva York —lugares que estuvieron a la vanguardia en la implementación de los mandatos de máscaras desde el principio— indicaron el fin de tales requisitos de seguridad. Para muchos, esta medida significaba la vuelta a la vida “normal”. Pero aumentó el nivel de ansiedad para las personas consideradas inmunodeprimidas, o para quienes covid representa un alto riesgo debido a otras afecciones.
“Sé que mi vida normal nunca va a ser normal”, expresó Chris Neblett, de 44 años, natural de Indiana, Pennsylvania, quien vive con un riñón trasplantado y toma medicamentos inmunosupresores para evitar que su cuerpo rechace el órgano. “Seguiré llevando una máscara en público. Probablemente seguiré yendo al supermercado a última hora de la noche o a primera hora de la mañana para evitar a otras personas”.
Está especialmente preocupado porque su esposa y su hija pequeña han dado positivo para covid.
Aunque está totalmente vacunado, no está seguro de estar protegido de los peores efectos del virus. Neblett participa en en el que se hace un seguimiento de la respuesta inmunitaria de los receptores de trasplantes a la vacuna, por lo que sabe que su cuerpo solo produjo una baja cantidad de anticuerpos después de la tercera dosis y está esperando los resultados de la cuarta. Por ahora, se ha aislado de su esposa y sus dos hijos, durante 10 días, su segunda vez en el garage.
“Le dije a mi mujer cuando apareció covid por primera vez: ‘Tengo que sobrevivir hasta que llegue la vacuna'”, contó. Pero enterarse de que la vacuna no ha desencadenado una respuesta adecuada de su sistema inmunitario, hasta el momento, es descorazonador. “Tu mundo cambia por completo. Empiezas a preguntarte: ‘¿Voy a ser una estadística? ¿Voy a ser un número para la gente a la que no parece importarle?”.
Los científicos calculan que casi el cumplen la definición estricta de tener el sistema inmunitario debilitado, pero los investigadores reconocen que muchos más enfermos crónicos y discapacitados podrían verse gravemente afectados si contraen covid.
En el verano de 2021, las pruebas científicas indicaban que las personas inmunodeprimidas probablemente se beneficiarían de una tercera vacuna, pero las agencias federales tardaron en actualizar sus orientaciones. Incluso entonces, solo ciertos grupos de inmunodeprimidos fueron elegibles, dejando a otros fuera.
En octubre, los CDC volvieron a revisar discretamente sus directrices sobre la vacuna para permitir que las personas con sistemas inmunes débiles recibieran una cuarta dosis contra covid. Pero un artículo reciente de KHN reveló que, en enero, los farmacéuticos que desconocían este cambio seguían rechazando a personas elegibles.
Las personas con sistemas inmunitarios debilitados, o con otras condiciones de alto riesgo, argumentan que este es el momento de fortalecer las políticas que protegen a los estadounidenses vulnerables como ellos, ahora que omicron está bajando.
“La pandemia no ha terminado”, señaló , especialista en discapacidad y atención médica para , quien sufre una enfermedad crónica y es inmunodeprimido. “No hay razón para creer que no vaya a surgir otra variante. Ahora es el momento, cuando esta ola de omicron empieza a retroceder, de buscar políticas e intervenciones que protejan a los enfermos crónicos, discapacitados e inmunodeprimidos para que no nos quedemos atrás”.
Varias personas entrevistadas por KHN, que forman parte de esta comunidad, afirmaron que, en cambio, está ocurriendo lo contrario, y señalaron un comentario de enero de la doctora Rochelle Walensky, directora de los CDC, en el que se sugería como una “noticia alentadora” el hecho de que la mayoría de las personas que morían de covid ya estaban enfermas.
“La inmensa mayoría de las muertes, más del 75%, se produjeron en personas que tenían al menos cuatro comorbilidades [cuando una persona padece varios trastornos], por lo que realmente se trata de personas que ya estaban enfermas”, aseguró Walensky, al hablar de un estudio durante que mostraba el nivel de protección que tenían las personas vacunadas contra la enfermedad grave de covid. “Y sí, una noticia realmente alentadora en el contexto de omicron”.
Aunque los que las declaraciones de Walensky se habían sacado de contexto, Kendall Ciesemier, una productora multimedia de 29 años que vive en Brooklyn, Nueva York, dijo que le habían molestado esos comentarios.
Las declaraciones de Walensky “provocaron una gran conmoción en la comunidad de discapacitados y de enfermos crónicos”, expresó Ciesemier, que ha sido sometida a dos trasplantes de hígado. “Surgió de la sensación de que estas comunidades no han sido priorizadas durante la pandemia y nos hacen sentir como si nuestras vidas fueran pérdidas aceptables”.
Cuando un reportero de KHN le preguntó, en la , qué les diría a las personas que sienten que se les está dejando atrás, Walensky no ofreció una respuesta clara.
“Por supuesto, tenemos que hacer recomendaciones que sean relevantes tanto para la ciudad de Nueva York, como para el rural de Montana”, dijo, y añadió que tienen que ser “relevantes para el público, pero también para el público inmunodeprimido y discapacitado. Y por ello, todas esas consideraciones se tienen en cuenta cuando trabajamos en nuestras directrices”.
Aunque los que las personas vacunadas sigan utilizando máscaras en interiores, si se encuentran en un lugar con una transmisión elevada o importante de covid —lo que —, los funcionarios federales han indicado que esta recomendación podría actualizarse pronto.
“Queremos que la gente pueda dejar de usar las máscaras, cuando los indicadores mejoran, y luego tener la capacidad de recurrir a ellas de nuevo en caso de que las cosas empeoren”, señaló Walensky durante una celebrada el 16 de febrero en la Casa Blanca, al hablar sobre si las políticas de prevención de los CDC se modificarían pronto.
Pero abandonar las máscaras no es algo que se plantee Dennis Boen, un jubilado de 67 años que ha tenido tres trasplantes de riñón. Desde que su comunidad de Wooster, Ohio, dio por finalizada la obligatoriedad del uso del cubrebocas, y pocos residentes lo llevan, no se siente cómodo para asistir a muchos de los eventos sociales de los que disfrutaba.
“Dejé de ir a mi Club Rotario del que he formado parte durante décadas”, contó Boen. “Fui una vez en verano a un picnic al aire libre y fue como si las personas no creyeran [en covid] o no les importara no llevar máscaras y sentí que no me daban espacio”.
Charis Hill, una activista de 35 años que vive en Sacramento, California, ha pospuesto dos operaciones, una histerectomía y una reparación de hernia umbilical durante más de un año porque no se sentía segura. El retraso ha supuesto que Hill tenga que tomar medicamentos adicionales y comer solo ciertos alimentos. Las cirugías están programadas para el 21 de marzo, pero como el mandato de la máscara en California se ha terminado, Hill está pensando en retrasarlas de nuevo.
“Me siento desechable. Como si mi vida no tuviera valor”, dijo Hill, que vive con espondiloartritis axial, una enfermedad inflamatoria crónica, y toma medicamentos inmunosupresores. “Estoy harta de que me digan constantemente que debería quedarme en casa y dejar que el resto del mundo siga adelante”.
ºÚÁϳԹÏÍø News is a national newsroom that produces in-depth journalism about health issues and is one of the core operating programs at KFF—an independent source of health policy research, polling, and journalism. Learn more about .This <a target="_blank" href="/es/noticias-en-espanol/para-las-personas-con-sistemas-inmunes-fragiles-no-hay-retorno-a-la-normalidad/">article</a> first appeared on <a target="_blank" href="">KFF Health News</a> and is republished here under a <a target="_blank" href=" Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International License</a>.<img src="/wp-content/uploads/sites/8/2023/04/kffhealthnews-icon.png?w=150" style="width:1em;height:1em;margin-left:10px;">
<img id="republication-tracker-tool-source" src="/?republication-pixel=true&post=1451630&ga4=G-J74WWTKFM0" style="width:1px;height:1px;">]]>La mujer dijo en español: “¡Buenos días! ¡Hoy estamos aquí para hablar sobre covid-19! ¿Tienes un minuto?.
Después de una breve conversación, García supo que el hombre no tenía conexión a Internet ni teléfono propio, pero tenía 66 años y quería recibir la vacuna. Había ido a una farmacia en persona, pero ya no había dosis por ese día.
García anotó su nombre y el número de teléfono de un amigo, para poder comunicarse con el conductor más tarde sobre una clínica móvil de vacunas que El Sol Neighborhood Educational Center, estaba organizando para la remota y desértica ciudad, en algún momento de abril.
Luego pasó al siguiente coche. Y al siguiente. Cuando la fila comenzó a moverse, ella y su compañera, la trabajadora de salud Erika Marroquín, corrieron arriba y abajo por la acera, anotando nombres, números de teléfono y condiciones preexistentes. Era el primer día templado y soleado que la región del High Desert había visto en semanas, y el ejercicio las hacía sudar.

Después de 90 minutos, se terminó el banco de alimentos del día, y García y Marroquín habían hablado con personas en 54 autos. Encontraron a seis ansiosas por la vacuna covid y elegibles de inmediato. Otras 10 querían estar en lista de espera de dosis sobrantes.
Como en muchos estados, la implementación de la vacunación en California ha sido lenta y caótica. Más de en el estado más poblado del país han sido vacunados al menos parcialmente, mientras que otros 5,6 millones están completamente vacunados.
El 15 de abril, todos los adultos de California serán elegibles para inscribirse para recibir una vacuna y, a principios del verano, el objetivo es tener suficientes dosis para cualquier adulto que la quiera.
Pero el país necesita llevar la para evitar que el virus se propague fácilmente, un nivel llamado inmunidad colectiva por los expertos en enfermedades infecciosas. Una figura que asume que la población es homogénea en términos de vacunación.
Es por eso que la capacidad del estado para evitar otro aumento de covid puede depender de personas como García y Marroquín, trabajadores de salud comunitarios que corren contra el tiempo realizando una tarea intensa, para evitar que grupos de poblaciones con bajas tasas de vacunación en comunidades remotas o aisladas se conviertan en un polvorín para una nueva oleada de covid.
“Cuando hay zonas geográficas o grupos sociales no vacunados, realmente se arruina la inmunidad colectiva”, dijo Daniel Salmon, director del Instituto para la Seguridad de las Vacunas de la Escuela de Salud Pública Bloomberg de la Universidad Johns Hopkins.
Los en los Estados Unidos en los últimos años proporcionan un ejemplo aleccionador. La cobertura de vacunas a nivel estatal y nacional es bastante alta, “pero luego tienes estas comunidades donde mucha gente rechaza las vacunas, aparece sarampión importado y se genera un brote”, dijo Salmon.
Los brotes han afectado a ciertas comunidades judías ortodoxas en Nueva York, inmigrantes somalíes en Minnesota, y zonas acomodadas del sur de California donde viven padres que están en contra de las vacunas.
El coronavirus que causa covid sigue circulando ampliamente en California, aunque a niveles mucho más bajos que hace dos meses. El virus, especialmente una variante cada vez más común y más contagiosa, podría atravesar fácilmente comunidades vulnerables con bajos niveles de inmunidad.
En Adelanto, donde el 29% de los residentes vive en la pobreza, se había vacunado por completo al 20 de marzo.
Al 26 de marzo, la mayoría de las más de 15.9 millones de dosis de vacunas distribuidas desde diciembre se habían destinado a los lugares .

Las organizaciones comunitarias sin fines de lucro y las iglesias están clamando por más fondos, y confianza, para llevar la vacuna hasta la última milla, a las personas a las que han estado sirviendo durante años.
El éxito de El Sol en vacunar a las poblaciones negras, latinas y otras poblaciones subrepresentadas desacredita la idea de que estos grupos no recibirán la vacuna, dijo Juan Carlos Belliard, vicepresidente asistente de asociaciones comunitarias de Loma Linda University Health, en el condado de San Bernardino.
Loma Linda está colaborando con El Sol para dotar de personal y proporcionar dosis para las clínicas. Las personas que se presentan están listas para recibir la vacuna, aunque algunas dudan un poco, comentó.
“No son como nuestra gente de clase media que literalmente está llorando por la vacuna”, dijo Belliard. “Estas personas todavía están nerviosas pero se han logrado remover muchas otras barreras”.

Los trabajadores comunitarios de El Sol fueron financiados por un esfuerzo combinado de $52,7 millones de fondos estatales y filantrópicos que proporcionaron subvenciones a 337 organizaciones consideradas “mensajeras de confianza” en sus comunidades.
El dinero fue enviado a grupos como El Sol que tenían antecedentes probados de caminar los vecindarios, de casa en casa, para el registro de votantes o encuestas del Censo.
El Sol recibió $120,000 de la iniciativa público-privada para apoyar sus esfuerzos educativos y de divulgación general para la vacunación contra covid. Pero el grupo no sabía si obtendría algún reembolso por los eventos móviles de vacunación que organizó en el condado de San Bernardino, dijo Alex Fajardo, su director ejecutivo.
El Sol llevó a cabo un evento de vacunación el 17 de febrero en el Centro Cristiano Luz y Esperanza, una iglesia ubicada junto a una autopista de dos carriles en Adelanto, bordeada por desierto.
El personal médico, los estudiantes y las vacunas llegaron desde Loma Linda University Health, a una hora de distancia, para vacunar a 250 personas, y regresaron un mes después para darles su segunda dosis.

Rosa Hernández, de 69 años, y Patricia Pérez, de 47, madre e hija, estuvieron entre las que recibieron sus vacunas en el Centro Cristiano.
El padre de Pérez, que trabaja en el departamento de lácteos de un supermercado, se enfermó de covid en junio y no pudo regresar al trabajo durante seis meses. Nadie más en la familia de siete miembros resultó positivo, pero Rosa Hernández es una sobreviviente de cáncer y su hija estaba preocupada por ella.
A pesar de las múltiples llamadas a una línea telefónica del condado, Pérez no había podido hacer una cita para su madre. La conexión a Internet de la familia, en la cercana ciudad de Hesperia, es irregular y Pérez no podía navegar por los sitios web ni encontrar información en español, el idioma con el que se siente más cómoda.
Aprovechó la oportunidad cuando se enteró del evento de El Sol a través de alguien de su iglesia. Pérez también logró obtener una dosis adicional para ella después de que una cita fuera cancelada. Ahora ambas están completamente vacunadas, dijo Pérez, y no hubiera sucedido sin El Sol.
El grupo planea hacer tres ventanas emergentes de vacunación más en el área de High Desert. Pero el apoyo futuro para sus clínicas, el alcance de las vacunas y la educación son inciertos, dijo Fajardo.
“¿Qué va a pasar después?”, expresó. “Cuando te necesitamos, te pagamos. Cuando no te necesitemos, adiós”.
“Esa es una evaluación muy justa”, dijo Susan Watson, directora de programas de la iniciativa Together Toward Health del Public Health Institute, el financiador filantrópico detrás de parte del trabajo de El Sol. “Aquí hay una oportunidad para que la gente piense en el futuro y en cómo hacemos las cosas, que no necesariamente deja a los grupos comunitarios fuera, a los que solo se usa cuando hay una emergencia”.

Community Coalition, una organización sin fines de lucro del sur de Los Ángeles fundada en 1990, también recibió subvenciones de la asociación público-privada para crear conciencia sobre las vacunas de covid, pero no fondos adicionales para entregar vacunas a la gente.
Aún así, movilizó al personal para tocar puertas, enviar mensajes de texto y correo electrónico a las personas elegibles para que asistieran a un evento de vacunación emergente de dos semanas en un parque del vecindario a principios de marzo: 4,487 personas recibieron su primera dosis, dijo Corey Matthews, jefe de operaciones del grupo.
El doctor Mark Ghaly, secretario de Salud y Servicios Humanos del estado, prometió proporcionar más dinero para los grupos que están vacunando a sus comunidades. “Este no es un trabajo voluntario”, le dijo a KHN en una rueda de prensa. “Este es un trabajo real, y quiero ser parte del equipo que lo hace realidad para todos”.
Barbara Ferrer, directora del Departamento de Salud Pública del condado de Los Ángeles, se hizo eco de ese sentimiento. “Estaban allí antes de que comenzara la pandemia, han estado allí todo el tiempo durante la pandemia y estarán aquí mucho después de la pandemia”, dijo.
Ya sea que esas promesas se mantengan o no, los grupos comunitarios dicen que quieren ser parte del esfuerzo de vacunación.
“Incluso si no nos dan dinero, seguiremos haciendo el trabajo”, afirmó Fajardo.
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<img id="republication-tracker-tool-source" src="/?republication-pixel=true&post=1287314&ga4=G-J74WWTKFM0" style="width:1px;height:1px;">]]>Pronto, fueron sus colegas del Hospital Universitario de Newark, enfermeras, técnicos y médicos con los que había estado trabajando codo con codo, quienes se presentaban en la emergencia luchando por respirar. “Muchos de nuestros propios compañeros de trabajo se enfermaron, especialmente al principio; literalmente diezmó a nuestro personal”, contó.
A fines de junio, 11 de los colegas de Beniquez habían muerto. Como los pacientes que habían estado tratando, la mayoría eran de raza negra y latinos (que pueden ser de cualquier raza).
“Nos vimos afectados de manera desproporcionada por la forma en que nuestras comunidades se han visto afectadas de manera desproporcionada en cada [parte de] nuestras vidas, desde las escuelas hasta los trabajos y los hogares”, dijo.
El 14 de diciembre, Beniquez se convirtió en la primera persona en Nueva Jersey en recibir la vacuna contra el coronavirus, y fue una de los muchos trabajadores médicos de color .
Fue una ocasión alegre, que reavivó la posibilidad de volver a ver a sus padres y a su abuela de 96 años, quienes viven en Puerto Rico. Pero esas imágenes transmitidas a nivel nacional también fueron un recordatorio de aquéllos para quienes la vacuna llegó demasiado tarde.
Covid-19 se ha cobrado entre los afroamericanos y los hispanounidenses. Y esas disparidades se extienden a los trabajadores médicos que los intubaron, limpiaron sus sábanas y tomaron sus manos en sus últimos días, halló una investigación de KHN/The Guardian.
Las personas de color representan aproximadamente el en los casos en los que hay datos de raza y etnia.
Un encontró que los trabajadores de salud de color tienen más del doble de probabilidades que sus contrapartes caucásicas de dar positivo para el virus. Son más propensos a tratar a pacientes diagnosticados con covid, y a trabajar en hogares de adultos mayores, los principales focos de coronavirus; y también a reportar un suministro inadecuado de equipo de protección personal, según el informe.
En una muestra nacional de 100 casos recopilados por KHN/The Guardian en los que un trabajador de salud expresó su preocupación por la insuficiencia de EPP antes de morir por covid, tres cuartas partes de las víctimas fueron identificadas como negras, hispanas, nativas americanas o asiáticas.
“Es más probable que los trabajadores de salud de raza negra quieran ir a atenderse al sector público donde saben que tratarán de manera desproporcionada a las comunidades de color”, dijo Adia Wingfield, socióloga de la Universidad de Washington en St. Louis, quien ha estudiado la desigualdad racial en el industria del cuidado de salud. “Pero también es más probable que estén en sintonía con las necesidades y desafíos particulares que puedan tener las comunidades de color”, dijo.
Wingfield agregó que muchos miembros del personal de atención médica afroamericanos no solo trabajan en centros de salud de bajos recursos, sino que también son más propensos a sufrir muchas de las mismas comorbilidades que se encuentran en la población negra en general, un legado de décadas de inequidades sistémicas.
Y pueden ser víctimas de estándares de atención más bajos, agregó la , pediatra de raza negra de 52 años de Indiana, quien fue hospitalizada con covid en noviembre y, según un , tuvo que pedir repetidamente pruebas, remdesivir y analgésicos. Dijo que su médico (caucásico) desestimó sus quejas de dolor y fue dada de alta, solo para ser internada en otro hospital 12 horas después.
Numerosos estudios han encontrado que los afroamericanos a menudo reciben peor atención médica que sus contrapartes blancas: en marzo, una empresa de biotecnología de Boston publicó un análisis que mostraba que era menos probable que los médicos remitieran a para pruebas de coronavirus que a los blancos sintomáticos.
Los médicos también son menos propensos a a pacientes negros.
“Si fuera blanca, no tendría que pasar por eso”, dijo Moore en el video publicado desde su cama de hospital. “Así es como matan a los negros, cuando los envías a casa, y no saben cómo luchar por sí mismos”. Moore por complicaciones de covid, dijo su hijo Henry Muhammad a los medios de comunicación.
Junto con las personas de color, los trabajadores de salud inmigrantes han sufrido pérdidas desproporcionadas a causa de covid-19. Más de un tercio de los trabajadores de salud que mueren por covid en el país nacieron en el extranjero, desde Filipinas y Haití, hasta Nigeria y México, según un análisis de KHN/The Guardian de casos registrados. Representan el 20% del total de trabajadores de salud de los Estados Unidos.
El doctor Ramon Tallaj, médico y presidente de Somos, una red sin fines de lucro de proveedores de atención médica en Nueva York, dijo que los médicos y enfermeras inmigrantes a menudo ven a pacientes de sus propias comunidades, y muchas comunidades inmigrantes de clase trabajadora han sido devastadas por covid.
“Nuestra comunidad son trabajadores esenciales. Tuvieron que ir a trabajar al comienzo de la pandemia, y cuando se enfermaban, iban a ver al médico de la comunidad”, dijo. Doce médicos y enfermeras de la red Somos han muerto por covid, dijo.
El doctor Eriberto Lozada era médico de familia de 83 años en Long Island, Nueva York. Todavía estaba viendo pacientes fuera de su consulta cuando los casos comenzaron a aumentar la primavera pasada. Originario de Filipinas, un país con un historial de envío de a los Estados Unidos, estaba orgulloso de ser médico y “de haber sido un inmigrante próspero”, dijo su hijo James Lozada.
Los miembros de la familia de Lozada lo recuerdan como estricto y de voluntad fuerte; lo llamaban cariñosamente “el rey”. Inculcó a sus hijos la importancia de una buena educación. Murió en abril.
Dos de sus cuatro hijos, John y James Lozada, son médicos. Ambos fueron vacunados el mes pasado. Considerando todo lo que habían pasado, dijo John, fue una ocasión “agridulce”. Pero pensó que era importante por otra razón: ser un ejemplo para sus pacientes.
Las desigualdades en las infecciones, y las muertes, por covid podrían alimentar la desconfianza en la vacuna. En un estudio reciente del , alrededor del 42% de los encuestados de raza negra dijeron que “definitivamente o probablemente” recibirían la vacuna en comparación con el 60% de la población general.
Esto tiene sentido para Patricia Gardner, enfermera nacida en Jamaica y gerenta en el Centro Médico de la Universidad de Hackensack, en Nueva Jersey, quien contrajo el coronavirus junto con familiares y colegas. “Mucho de lo que escucho es, ‘¿Cómo es que no fuimos los primeros en recibir atención, pero ahora somos los primeros en vacunarnos?’”, dijo.
Al igual que Beniquez, se vacunó el 14 de diciembre. “Para mí, dar un paso al frente y decir: ‘Quiero estar en el primer grupo’, espero que eso envíe un mensaje”, dijo.
Beniquez dijo que sintió el peso de esa responsabilidad cuando se inscribió para ser la primera persona en su estado en recibir la vacuna. Muchos de sus pacientes han expresado escepticismo, impulsado, opinó, por un sistema de salud que les ha fallado durante años.
“Recordamos los juicios de Tuskegee. Recordamos las ‘apendicectomías’ ”: informes de mujeres que fueron en un centro de detención del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Georgia. “Estas son cosas que le han sucedido a esta comunidad, a las comunidades negras y latinas durante el último siglo. Como trabajadora de salud, tengo que reconocer que sus temores son legítimos y explicarles ‘Esto no es lo mismo’”, dijo.
Beniquez dijo que su alegría y alivio por recibir la vacuna se ven atenuados por la realidad del aumento de casos en la sala de emergencias. La adrenalina que ella y sus colegas sintieron la primavera pasada se ha ido, reemplazada por la fatiga y la cautela de los meses venideros.
Su hospital colocó 11 árboles en el vestíbulo, uno por cada empleado que murió de covid; han sido adornados con recuerdos y obsequios de sus colegas.
Hay uno para Kim King-Smith, de 53 años, el amable técnico de EKG, que visitaba a amigos de amigos, o a familiares cada vez que terminaba en el hospital.
Uno para Danilo Bolima, 54, el enfermero de Filipinas que se convirtió en profesor y era el jefe de servicios de atención al paciente.
Otro para Obinna Chibueze Eke, de 42 años, asistente de enfermería nigeriano, que pidió a sus amigos y familiares que oraran cuando estuvo hospitalizado con covid.
“Cada día, recordamos a nuestros colegas y amigos caídos como los héroes que nos ayudaron a seguir adelante durante esta pandemia y más allá”, dijo el doctor Shereef Elnahal presidente y director ejecutivo del hospital, en un comunicado. “Nunca olvidaremos sus contribuciones y su pasión colectiva por esta comunidad y por los demás”.
Justo afuera del edificio, está el árbol número 12. “Será para otro u otra que perdamos en esta batalla”, dijo Beniquez.
Esta historia es parte de “Lost on the Frontline”, un proyecto en curso de The Guardian y Kaiser Health News que tiene como objetivo documentar las vidas de los trabajadores de salud de los Estados Unidos que mueren a causa de COVID-19, e investigar por qué tantos son víctimas de la enfermedad. Si tienes un colega o un ser querido que deberíamos incluir, por favor comparte su historia.
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